"Como podes despejarte en este lugar, este zumbido de las cerealeras es insoportable", le dije a un amigo, sentados los dos en el muelle del puerto. Y hoy estoy acá, buscando un poco de tranquilidad. El hombre es un ser de costumbre.
Frente a mi, un estuario. Marea baja, se pueden observar los humedales. Gaviotas merodeando entre los barcos pesqueros en busca de alimento. Dos personas van y vienen con su pequeño bote, y en el fondo un buque parado que multiplica cien veces su tamaño (o más). El agua nunca tuvo un color agradable, bastante turbia.
Marinos apoyados sobre el barandal, mirando lo mismo que yo, mirando su lugar en el mundo, el mar. Conversan sobre el buque del fondo. Extranjero. Aunque desde acá no logro ver las banderas que trae.
Se acerca el atardecer. El Sol esta a punto de caer sobre el agua, como si la misma lo absorbiese. Mas allá de la turbidez, el reflejo del sol sobre el agua le da un tono anaranjado, como si estuviese en llamas.
En momentos así, uno se traslada a otro lugar. Se olvida de todo. Deja la mochila pesada de problemas y otras cosas, para abrir la cabeza, poner la mente en blanco e imaginarse un mundo aparte. Donde la tristeza desaparece y nacen sonrisas. Donde los miedos quedan atrás, para que llegue la valentía de vivir.
En fin, comprendí a mi amigo. El hombre es un ser de costumbre. Solo bastan unos pequeños detalles significativos para que la balanza se incline de nuestro lado.
Cris V.
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